El secreto entre las rocas
Su mirada era la de un condenado a muerte.
Tristes y sordas, sus pisadas en la caverna vacía, los recuerdos presos en cada trofeo no significaban ya nada para él.
Atándose la barba al cinturón para protegerla del fuego encendió una antorcha, que chisporroteo feliz mientras el enano recorría con la mirada las armas melladas y los escudos hendidos, allí se había lidiado una batalla, se había perdido, se había muerto.
Y el no había estado allí...
Demacrado, con la mirada perdida entre el ayer y el horroroso momento que los dioses ponían en su camino, se dejo caer en una roca y, muy a su pesar se dió cuenta de que ese lugar ya no era su santuario. Las manos torpes de un dios descuidado le habían fallado, en el último, tal ves el único momento en el que podrían, al fin, haber hecho algo.
¿Como se puede uno vengar de un asesino sin rostro?
¿Como? Si pudiera ser cualquiera, cada rostro una nueva pregunta, un nuevo reproche, las caras muertas y expectantes, pidiendo venganza. Exigiendo un rayo de los mortales a falta de el de los dioses.
Pero esos muertos, como los niños, pedían sin compasión, pedían lo imposible, pedían algo más allá de sus fuerzas, a menos que...
Con un gesto decidido, y todo el fuego de la forja de los primeros dioses en sus ojos, apretó firmemente su hacha y salió a la luz, renacido, rehecho. El tenía nuevos amigos ahora, tal ves ellos pudieran arrojar alguna luz, tal ves ellos pudieran ayudarlo.
Una jornada larga comenzaba allí, una de la que tal ves no volvería, en cualquier caso; vivo o muerto, una familia lo esperaba de cada lado del río. Una, clamando venganza. La otra, ayudándolo a conseguirla...
Liberó su barba y montó en su pony, la guerra se había desatado. En el fondo, en la cueva, una antorcha en el suelo les hacía compañía a sus antiguos compañeros. llegaría el día en el que podría mirarlos una ves más a la cara.
Tristes y sordas, sus pisadas en la caverna vacía, los recuerdos presos en cada trofeo no significaban ya nada para él.
Atándose la barba al cinturón para protegerla del fuego encendió una antorcha, que chisporroteo feliz mientras el enano recorría con la mirada las armas melladas y los escudos hendidos, allí se había lidiado una batalla, se había perdido, se había muerto.
Y el no había estado allí...
Demacrado, con la mirada perdida entre el ayer y el horroroso momento que los dioses ponían en su camino, se dejo caer en una roca y, muy a su pesar se dió cuenta de que ese lugar ya no era su santuario. Las manos torpes de un dios descuidado le habían fallado, en el último, tal ves el único momento en el que podrían, al fin, haber hecho algo.
¿Como se puede uno vengar de un asesino sin rostro?
¿Como? Si pudiera ser cualquiera, cada rostro una nueva pregunta, un nuevo reproche, las caras muertas y expectantes, pidiendo venganza. Exigiendo un rayo de los mortales a falta de el de los dioses.
Pero esos muertos, como los niños, pedían sin compasión, pedían lo imposible, pedían algo más allá de sus fuerzas, a menos que...
Con un gesto decidido, y todo el fuego de la forja de los primeros dioses en sus ojos, apretó firmemente su hacha y salió a la luz, renacido, rehecho. El tenía nuevos amigos ahora, tal ves ellos pudieran arrojar alguna luz, tal ves ellos pudieran ayudarlo.
Una jornada larga comenzaba allí, una de la que tal ves no volvería, en cualquier caso; vivo o muerto, una familia lo esperaba de cada lado del río. Una, clamando venganza. La otra, ayudándolo a conseguirla...
Liberó su barba y montó en su pony, la guerra se había desatado. En el fondo, en la cueva, una antorcha en el suelo les hacía compañía a sus antiguos compañeros. llegaría el día en el que podría mirarlos una ves más a la cara.

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